martes, 21 de julio de 2020

El viento entre las ramas



Hoy me han dicho que te has roto en llanto, que empiezas a ver la derrota, que tus manos ya no encuentran el perfil cierto de las horas, que te sientes tonta porque el mundo se desordena sin pedir permiso.

Y, aunque parezca raro, yo me alegro de que los dos estemos viendo cómo se agranda la misma grieta, de despedirnos juntos, de besar el desierto con los mismos labios.

Me gusta pensar en la sombra del pinar del barrio en verano, en la fragancia de los higos  junto al pozo, en las chumberas repletas, y en aquel perrillo enclenque corriendo entre los zarzales.

A veces vuelvo a buscar aquel viento entre los árboles, y encuentro el hueco que ha dejado aquella higuera vieja.

Cuando nos hayamos ido, ¿quién sabrá leer ese mapa de vacíos?, ¿quién sabrá localizar el sitio que ocuparon las bicicletas?, ¿y la caja de los hilos con que me remendaste el cuerpo una y otra vez hasta que me hice un hombre?

Si nos quedara tiempo, podríamos dejar señales para los perdidos en este paisaje que desenfoca: aquí recogimos piñas, allí nos reímos juntos, este hueco fue un abrazo… ¿te gustaría?

Seguirá el viento soplando entre los árboles, y en el ruido que hacen las ramas, alguien oirá la voz de una madre llamado a su hijo para que vuelva a casa.


miércoles, 20 de mayo de 2020

el perro

 
    



    Pero un hombre solo, sin trabajo (en definitiva, pobre en todos los sentidos), ¿cómo podría darle una buena vida a un perro?

   Y la señora cuelga el teléfono.

    Las palabras de la señora han quedado incrustadas como metralla en las paredes del comedor, han descalzado las puertas de sus marcos, han amputado las vigas y me han dejado a la intemperie. Un pobre no puede adoptar a un perro callejero, ¿qué sería de la vida del pobre animal?

   La señora debe tener razón, ¿qué podemos hacer los pobres solitarios por nada ni por nadie? El cariño no se come, ciertamente. Los pobres debemos permanecer en nuestra pobreza, hablando en un tono bajo, prácticamente inmóviles hasta que se rompa este encanto que nos deja minusválidos.

    La señora piensa en quién pagará los veterinarios si se cae por un barranco, la señora piensa en arneses de tela,  la señora piensa en grandes huesos de cartílago, la señora piensa en una cama mullida, la señora piensa en comida premium en bolsas de plástico brillante con la foto de un perro feliz, tan feliz como la vida que se merece ese perro que lleva meses viviendo en la calle. Porque los perros merecen ser felices, y la felicidad, todos estamos de acuerdo, es la foto en una bolsa de pienso de una marca excelente.

   La señora del teléfono debe querer mucho a los perros, por eso les busca una familia  joven y con hijos, eso es perfecto, porque esta señora y todas las señoras que cogen el teléfono para decirles a los pobres solitarios que son demasiado pobres y están demasiado solos para tener un perro, piensan que una familia con trabajo es el sitio perfecto para que un perro viva. Incluso diría que piensan que es el sitio perfecto en la tierra, el paraíso del que fuimos expulsados en algún momento los hombres pobres y solitarios.

   Tan pobre y tan solo quedé después de su llamada que cogí el teléfono y con voz dubitativa me he excusado con la señora y le he dicho que, bueno, que en realidad no soy tan pobre y, en fin, que no estoy tan solo como ese perro que lleva meses en la calle porque nadie lo quiere adoptar, como ese pequeño perro callejero con el que podría compartir soledad y pobreza, ya saben, esas cosas que guardamos los hombres solos y pobres como oro en paño.

   La señora del teléfono me ha dicho que, si es cierto que no soy tan pobre y que no estoy tan solo como ella pensaba, podrían dejar que adoptara a ese pequeño perro callejero cuyos dueños murieron hace ya demasiados meses, pero que debería aceptar que ella, la señora del teléfono que quiere tanto a los perros, durante un tiempo, controle mi vida para ver si es cierto que no estoy tan solo y que no soy tan pobre.

   Y la señora, de nuevo, ha colgado el teléfono.

   Y yo, de nuevo, me he quedado en silencio, pensando en cómo pasará esta noche ese perro, tan pobre y tan solo como yo.

domingo, 19 de abril de 2020

el susurro

   



    Aquella mañana me desperté con un augurio vago en la mirada. Había algo en el aire que me hizo estar atento. Abrí el ventanal que da a la terraza y caminé unos pasos, con cierto temor, como caminan los jainas, sin querer dañar aquel extraño equilibrio. Me detuve en el centro. Esperé. Se me hacía tan irreal lo cotidiano: el cielo tenía un azul inmóvil, los desconchones daban una armonía imprevista a las paredes blancas. Hasta el suelo de austera rasilla dispuesta en espiga parecía decir algo, pero qué.

    Poco a poco empecé a oír un susurro casi imperceptible. Permanecí quieto intentando identificar aquello. Era como una imperceptible vibración que venía de algún rincón o de todos. Cerré los ojos y por fin pude identificar: de las calas llegaba un murmullo blanco y naranja, de los geranios un rumor rosado, de los cactus una canción metálica, cada cosa estaba entonando su melodía, y del coro resultante se desprendía un susurro, que ahora se me presentaba como un canto general.

    Abrí los ojos después de un rato. No cesó aquella vibración sino que se hizo más evidente. No me parecía raro ser testigo de aquella sinfonía, lo extraño había sido no haberlo oído antes porque sin duda aquello no podía ser algo accidental, ese temblor era la vida. Y yo ya no podía dejar de oírlo, quería más. Como un milagro empezó a caer una llovizna que casi era una caricia. La lluvia siempre es un regalo, pensé, pero aquella era además un milagro.

    Sin dejar de sentir la frescura en mi cara, me acerqué a un tiesto que colgaba en la pared y clavé los dedos como quien busca un tesoro, escarbando. Luego me acerqué la mano a la cara y con los ojos cerrados de nuevo inspiré profundamente hasta que mis pulmones se llenaron de aquel olor a tierra cavada. Pude oír perfectamente: soy tu madre. Aquél era el acorde que daba sentido a todos los cantos, el que habría y cerraba: la madre, la comadrona y la sepulturera.

    Allí me quedé parado mientras la lluvia se iba haciendo más fuerte y yo iba despertando.

 

martes, 14 de abril de 2020

La isla

 


    Hay algo de intemperie en esta soledad. Es como si la lluvia hubiera erosionado esta desnudez en que me he convertido sin darme cuenta. Frente a este espejo de horas desproporcionas he podido descubrir, envuelto en una perplejidad casi infantil, toda una orografía nueva en mí: valles, lomas, llanos, que me recorren hasta donde me alcanza la vista. Lo curioso es que cada vez que me sorprendo absorto por la casa consigo ver en mí un rincón nuevo, algo que se llevó quién sabe qué tormenta. A ratos pienso que esa geografía siempre estuvo allí. Tal vez nunca había tenido el tiempo para quedarme un rato mirándome los surcos que el tiempo me había ido haciendo en la piel.

   Los primeros días el ruido no me dejaba ver (el ruido siempre ciega), pero en algún momento la primavera fue colándose por las grietas que la epidemia había hecho en mi casa, hasta que una mañana  aquella luz que había ido entrando gota a gota ya era océano, y yo un náufrago en una isla de carne y hueso. Y como un náufrago, después de haber esperado sentado en la playa alguna señal por algún tiempo, empecé una nueva vida, siempre provisional, claro, en aquella periferia.

   Todos tenemos tretas para engañar a la vida, eso lo tengo claro. De hecho creo que la mía a menudo se me presenta como una torpe artimaña para robar un poco del equilibrio perdido sólo Dios sabe cuándo. Y si algo he aprendido con los años es que el equilibrio solo te lo pueden devolver las cosas pequeñas, primarias, eternas, así que decidí dedicarme a cuidar las plantas de mi terraza. Me levantaba por la mañana y mientras me tomaba el primer café ya pensaba en hacer esto o aquello en tal maceta, o por qué a aquel geranio le costaba tanto brotar. Luego pasaba maceta por maceta quitando las malas hierbas, la mayoría tréboles, una a una: me agachaba,  cogía el pequeño brote con el dedo índice y el pulgar, tiraba de él con cuidado de no cortarlo para sacar la parte más profunda, para que no volviera a salir al cabo de unos días,  y luego dejaba el pequeño cadáver en la palma de mi mano izquierda. Todo era en vano, claro, la hierba siempre vuelve. Nada importaba eso, lo importante de verdad era ser metódico, convertirlo en un lento ritual diario.

    Arrancado aquellos pequeños tréboles recordaba que cuando era un niño, en el pueblo las vecinas me decían que tenía mano para las plantas, cosa que se me antojaba algo mágico, una especie de baraka. A mi madre le encantaba que le ayudara con las plantas del patio: salíamos al bosque a por tierra, trasplantábamos, podábamos. De ella aprendí esa mística de las plantas, y en aquellos días me venía una y otra vez su imagen mirando por la ventana un día de granizo atroz. Su cara triste viendo cómo tanto trabajo desaparecía en unos minutos, susurrando apenas unas palabras: mis plantas, qué pena. Después seguía con sus cosas y al cabo de unos días, cuando podía evaluarse verdaderamente el daño, cogía unas tijeras y podaba aquel destrozo severamente, luego solo se podía esperar a que la naturaleza hiciera su trabajo. Ella nunca se rendía, nada hizo que abandonara aquella frágil creación que periódicamente vivía su pequeño Apocalipsis.

    De ella aprendí a tener siempre cerca unas tijeras preparadas para mis apocalipsis personales, y las mujeres de mi casa, todas supongo, habían vivido los suyos: mi madre vivió el granizo del hambre en la posguerra, mi abuela el granizo de la guerra, y ahora yo miraba por la ventana aquella lluvia de hielo caer sin clemencia sobre nuestras vidas. Yo no alcanzaba más que a susurrar, qué pena, y a preguntarme qué sería lo que tocaría podar aquella vez con aquellas tijeras, las mismas que recibí en herencia de las mujeres de mi casa. Y, aunque parezca tonto, que yo no tendría a nadie a quién legar aquel precioso regalo.

 

martes, 31 de marzo de 2020

Día 31 de Marzo de 2020






    No nos dimos cuenta de cómo fue, pero nos levantamos una mañana y allí estaba, frente a nuestras vidas se había abierto una grieta que recorría todo lo que habíamos amado. Las voces al otro lado del teléfono, las miradas en las ventanas, los abrazos pendientes, los besos acostumbrados, los sueños...todo se había quebrado. Encerrados en nuestras casas, no podíamos dejar de mirar con asombro aquel abismo de inmensa tristeza. Quién sabe si aquellas cosas queridas deambulaban rotas por el mundo esperando una primavera más amable donde echar raíces.

Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos...

Era como si nuestras almas, tan frágiles, hubieran salido por aquella fisura y vagaran buscando un lugar donde esconderse hasta que llegaran otros cuerpos que les sirvieran de hogar, dejándonos en la cara aquella mueca de espanto al descubrirnos vacíos.

   A una primavera demasiado temprana le habían seguido unos fríos demasiado tardíos. Todo se nos antojaba linde desde que había aparecido aquella hendidura. Después los días nos fueron hablando cada vez más bajo hasta que aquella última tarde de marzo se quedaron callados por completo, y nosotros, que siempre habíamos danzado al sonido de sus palabras, nos quedamos quietos en aquel extraño silencio.  En el último gesto de aquel baile cotidiano nos sorprendimos desnudos frente al espejo, terriblemente desvalidos, solos, en un mundo desconocido. Afuera, la lluvia daba forma a las cosas, les recordaba que no podían dejar de ser, les obligaba a existir en aquel presente irreal. Abrió el ventanal que daba a la terraza y se dejó empapar con los ojos abiertos y mirando al cielo, como quien espera una respuesta. Sintió el agua como una herida, algo intenso que le fue rescatando del limbo en que se habían ido convirtiendo aquellas semanas. Por un momento él fue la llaga que el tiempo deja en el mundo.