Hay algo de intemperie en esta soledad. Es como si la lluvia hubiera erosionado esta desnudez en que me he convertido sin darme cuenta. Frente a este espejo de horas desproporcionas he podido descubrir, envuelto en una perplejidad casi infantil, toda una orografía nueva en mí: valles, lomas, llanos, que me recorren hasta donde me alcanza la vista. Lo curioso es que cada vez que me sorprendo absorto por la casa consigo ver en mí un rincón nuevo, algo que se llevó quién sabe qué tormenta. A ratos pienso que esa geografía siempre estuvo allí. Tal vez nunca había tenido el tiempo para quedarme un rato mirándome los surcos que el tiempo me había ido haciendo en la piel.
Los primeros días el ruido no me dejaba ver (el ruido siempre ciega), pero en algún momento la primavera fue colándose por las grietas que la epidemia había hecho en mi casa, hasta que una mañana aquella luz que había ido entrando gota a gota ya era océano, y yo un náufrago en una isla de carne y hueso. Y como un náufrago, después de haber esperado sentado en la playa alguna señal por algún tiempo, empecé una nueva vida, siempre provisional, claro, en aquella periferia.
Todos tenemos tretas para engañar a la vida, eso lo tengo claro. De hecho creo que la mía a menudo se me presenta como una torpe artimaña para robar un poco del equilibrio perdido sólo Dios sabe cuándo. Y si algo he aprendido con los años es que el equilibrio solo te lo pueden devolver las cosas pequeñas, primarias, eternas, así que decidí dedicarme a cuidar las plantas de mi terraza. Me levantaba por la mañana y mientras me tomaba el primer café ya pensaba en hacer esto o aquello en tal maceta, o por qué a aquel geranio le costaba tanto brotar. Luego pasaba maceta por maceta quitando las malas hierbas, la mayoría tréboles, una a una: me agachaba, cogía el pequeño brote con el dedo índice y el pulgar, tiraba de él con cuidado de no cortarlo para sacar la parte más profunda, para que no volviera a salir al cabo de unos días, y luego dejaba el pequeño cadáver en la palma de mi mano izquierda. Todo era en vano, claro, la hierba siempre vuelve. Nada importaba eso, lo importante de verdad era ser metódico, convertirlo en un lento ritual diario.
Arrancado aquellos pequeños tréboles recordaba que cuando era un niño, en el pueblo las vecinas me decían que tenía mano para las plantas, cosa que se me antojaba algo mágico, una especie de baraka. A mi madre le encantaba que le ayudara con las plantas del patio: salíamos al bosque a por tierra, trasplantábamos, podábamos. De ella aprendí esa mística de las plantas, y en aquellos días me venía una y otra vez su imagen mirando por la ventana un día de granizo atroz. Su cara triste viendo cómo tanto trabajo desaparecía en unos minutos, susurrando apenas unas palabras: mis plantas, qué pena. Después seguía con sus cosas y al cabo de unos días, cuando podía evaluarse verdaderamente el daño, cogía unas tijeras y podaba aquel destrozo severamente, luego solo se podía esperar a que la naturaleza hiciera su trabajo. Ella nunca se rendía, nada hizo que abandonara aquella frágil creación que periódicamente vivía su pequeño Apocalipsis.
De ella aprendí a tener siempre cerca unas tijeras preparadas para mis apocalipsis personales, y las mujeres de mi casa, todas supongo, habían vivido los suyos: mi madre vivió el granizo del hambre en la posguerra, mi abuela el granizo de la guerra, y ahora yo miraba por la ventana aquella lluvia de hielo caer sin clemencia sobre nuestras vidas. Yo no alcanzaba más que a susurrar, qué pena, y a preguntarme qué sería lo que tocaría podar aquella vez con aquellas tijeras, las mismas que recibí en herencia de las mujeres de mi casa. Y, aunque parezca tonto, que yo no tendría a nadie a quién legar aquel precioso regalo.