No nos dimos cuenta de cómo fue, pero nos levantamos una mañana y allí estaba, frente a nuestras vidas se había abierto una grieta que recorría todo lo que habíamos amado. Las voces al otro lado del teléfono, las miradas en las ventanas, los abrazos pendientes, los besos acostumbrados, los sueños...todo se había quebrado. Encerrados en nuestras casas, no podíamos dejar de mirar con asombro aquel abismo de inmensa tristeza. Quién sabe si aquellas cosas queridas deambulaban rotas por el mundo esperando una primavera más amable donde echar raíces.
Era como si nuestras almas, tan frágiles, hubieran salido por aquella fisura y vagaran buscando un lugar donde esconderse hasta que llegaran otros cuerpos que les sirvieran de hogar, dejándonos en la cara aquella mueca de espanto al descubrirnos vacíos.
A una primavera demasiado temprana le habían seguido unos fríos demasiado tardíos. Todo se nos antojaba linde desde que había aparecido aquella hendidura. Después los días nos fueron hablando cada vez más bajo hasta que aquella última tarde de marzo se quedaron callados por completo, y nosotros, que siempre habíamos danzado al sonido de sus palabras, nos quedamos quietos en aquel extraño silencio. En el último gesto de aquel baile cotidiano nos sorprendimos desnudos frente al espejo, terriblemente desvalidos, solos, en un mundo desconocido. Afuera, la lluvia daba forma a las cosas, les recordaba que no podían dejar de ser, les obligaba a existir en aquel presente irreal. Abrió el ventanal que daba a la terraza y se dejó empapar con los ojos abiertos y mirando al cielo, como quien espera una respuesta. Sintió el agua como una herida, algo intenso que le fue rescatando del limbo en que se habían ido convirtiendo aquellas semanas. Por un momento él fue la llaga que el tiempo deja en el mundo.
Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos...
Era como si nuestras almas, tan frágiles, hubieran salido por aquella fisura y vagaran buscando un lugar donde esconderse hasta que llegaran otros cuerpos que les sirvieran de hogar, dejándonos en la cara aquella mueca de espanto al descubrirnos vacíos.
A una primavera demasiado temprana le habían seguido unos fríos demasiado tardíos. Todo se nos antojaba linde desde que había aparecido aquella hendidura. Después los días nos fueron hablando cada vez más bajo hasta que aquella última tarde de marzo se quedaron callados por completo, y nosotros, que siempre habíamos danzado al sonido de sus palabras, nos quedamos quietos en aquel extraño silencio. En el último gesto de aquel baile cotidiano nos sorprendimos desnudos frente al espejo, terriblemente desvalidos, solos, en un mundo desconocido. Afuera, la lluvia daba forma a las cosas, les recordaba que no podían dejar de ser, les obligaba a existir en aquel presente irreal. Abrió el ventanal que daba a la terraza y se dejó empapar con los ojos abiertos y mirando al cielo, como quien espera una respuesta. Sintió el agua como una herida, algo intenso que le fue rescatando del limbo en que se habían ido convirtiendo aquellas semanas. Por un momento él fue la llaga que el tiempo deja en el mundo.
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