domingo, 12 de diciembre de 2021

La otra vida

    A veces pienso que morí aquella madrugada desmayado sobre mis vómitos en el lavabo de aquella sauna gay. Eso lo explicaría todo. Me refiero a lo irreal que es todo aquí, en este pueblo. Dicen que los muertos que no son conscientes de su fatídico desenlace permanecen en este mundo por un tiempo hasta que se dan cuenta de que ya no son, y en ese momento se disuelven como el humo en un día de viento. Por eso debo estar aquí, en mi casa del pueblo. Si lo piensas bien, qué lugar mejor para morar para un espíritu perdido que allí donde fue feliz. Uno se apega a los sitios donde encuentra la paz. 

   Lo mejor de este limbo ha sido recuperar el atardecer. Lo saboreo segundo a segundo. Me siento en el aparcamiento de supermercado que está al otro lado de la calle, quieto como un alcornoque viejo y contemplo. A veces cojo el teléfono y hago una foto. Luego la miro y pienso que no tiene sentido hacer fotos del ocaso, porque es como intentar trocear un río o la brisa. No tiene sentido. Cada segundo cambian los tonos, naranjas, rojizos, el azul del cielo que se va oscureciendo. Ninguno de esos matices son el crepúsculo, porque el crepúsculo es ese gesto que hace el día sobre el horizonte. Prácticamente una caricia. Hay momentos en los cuales tengo miedo de que se acabe. No porque llegue la noche, sino porque no sé si volveré a verlo. 

   Lo cierto es que este alcornoque viejo decidió dejar sus raíces al viento hace demasiado tiempo, y no es menos cierto que algo se me anuda en la garganta cuando pienso que pronto no quedará nada. Y este es un intento desesperado, terriblemente desesperado, por salvar algo de lo que fui. Qué ridículo ¿no? Como si eso fuera posible, como si fuera posible salvar aquello que destruí tan concienzudamente. 

   Recuerdo el día que me mudé. Era verano. Aquí el verano es maravilloso. Los veranos son siempre definitivos. Vine con cuatro cosas: la primera cama que compraron mis padres recién casados, un sofá viejo que alguien me consiguió, y un par de cajoneras. El resto ya estaba aquí, cosas que habían ido dejando los antiguos inquilinos. El último había sido un repartidor alcohólico de pescado y su mujer, el anterior, un viejo marica y su demasiado joven amante que le mataba a palos cada dos por tres. Ambos se habían ido debiéndome meses de alquiler. Qué más da. El caso es que después de descargar los bultos cogí una silla y me senté en la terraza mientras oscurecía. Reparé en que no había salamandras corriendo por las paredes. Me encantan las salamandras. Estaba aterrorizado. Y solo. Más solo de lo que había estado nunca, y ni siquiera las salamandras salían a hacerme compañía. Se ponía el sol y aquella terraza se me antojaba una extensión de mí mismo. Casi no quedaban plantas: una parra, un rosal, un cactus enorme, poco más. Las paredes blancas desconchadas, el suelo de austera rasilla agrietada, y al fondo, una pequeña baranda negra corroída por el óxido, derrotada por el agua. Así estaba yo, derrotado y asustado.

   Llegó la noche y salieron las estrellas. El cielo en verano. ¿Cómo pude renunciar a todo esto? ¿Cuándo dejé de ver las estrellas? 

   Así estaba yo, ni más ni menos, 

jueves, 15 de julio de 2021

Los justificantes

-Pasa, adelante. No te preocupes, estamos solos. ¿Ves?, voy vestido de calle, ningún problema.

Me encogí de hombros. ¿Por qué tendría que estar asustado o nervioso? Si lo que quería era tranquilizarme había conseguido lo contrario. 

-Sígueme.

Le seguí.

-Pasa.

Abrió la puerta de la sala de reuniones, donde había hecho la formación un mes antes para entrar en la empresa. La oficina cierra a las 3 de la tarde, y ya eran las 6, tarde para todo.

Por un momento pensé en la cantidad de horas que hacía ese tipo. Cuando llegábamos al curso a las 8 de la mañana él ya estaba dando vueltas por la oficina, con un paso característico, dubitativo.

Anduvo hasta el fondo de la sala, señaló un pupitre y dijo,

-Ahí.

Él cogió otra silla, lo arrastró lejos, lo más lejos que pudo y se sentó mirando hacia mí.

-Bueno, a ver, verás...¿Qué tal en el trabajo?

-Bien, acabé la formación, y ayer ya empecé a trabajar. Todo es un poco caos, pero bueno, es entretenido, está bien.

-¿Pero estás cubriendo una baja, estás de interino, cuál es tu situación?

- Tengo un contrato de dos meses a tiempo parcial. El día 30 de agosto cierra la empresa y todos a la calle, yo incluido. Imagina el ambiente. Aún así, bastante bien lo llevan, la verdad.

-¿Y tú puedes aguantar allí hasta el final del contrato?

-Allí gano unos 700 euros, pero como está lejos me gasto unos 100 y pico en gasolina. Me queda poco, pero como tengo una hipoteca bajita, pues me da para comer y eso, poco más.

-Es que creo que lo mejor es que acabes allí el contrato y luego, a mediados de septiembre, pues ya empiezas aquí. Lo he hablado con el director regional, el de Barcelona, y le he dicho que tú estabas de acuerdo.

-Bueno, como os vaya mejor. Yo puedo aguantar. Preferiría aquí que estoy más cerca y me queda más dinero, pero puedo aguantar a septiembre.

-Es que así tú quedas bien con ellos, que nunca se sabe. Que, bueno, la empresa cierra, pero el nombre queda en una base de datos y nunca se sabe.

Nunca se sabe, me repetí a mí mismo en silencio mientras pensaba qué hacía allí. Había tenido la misma conversación 15 días antes cuando le comuniqué que me había salido un trabajo temporal que me ayudaría a aguantar mientras ellos me daban una plaza, que estaba dispuesto a dejarlo en el momento en que me lo pidieran porque en su empresa, en la del tipo sentado a kilómetros de distancia en una sala enorme con las luces a medio encender, me aseguraban un año de trabajo y había posibilidades reales de que me hicieran fijo.

-Así tú acabas allí tranquilamente y luego yo, te lo prometo, te hago un sitio aquí, a lo más tardar, para el 15 de septiembre. Tienes mi palabra.

Cuando acabó la frase, aquel tipo gris, con cabello negro y liso, peinado para adelante, con pantalones cortos negros y camisa negra, respiró. Pero respiró de una manera que yo ya había visto antes, de una manera inconfundible: aquel hombrecillo gris se estaba justificando. Era un  justificante. El mundo está lleno de personas así, justificantes. Se justifican sin parar, sin sentido, en todas partes y por todo. Es su forma de vida. Aquella tarde yo era la justificación de aquel jefe gris. Justificaba haberse quedado aquella tarde, hasta las 7, porque tenía una reunión absolutamente prescindible, hablando de algo que ya había quedado claro hacía 15 días, y que no suponía ningún problema para nadie. Yo era la justificación para hablar con el jefe de zona que tenía su oficina en Barcelona. Me lo imaginé por un momento llamando al otro tipo, que tal vez, quién sabe, era otro justificante, en otra oficina, en un edificio más alto, pongamos por caso, en Plaza España:

-He hablado con él, y me ha dicho que...yo le he dicho que...hemos acordado que....

Lo veía ahí sentado, justificando cada átomo de hidrógeno y oxígeno que entraba en sus pulmones, cada pestañeo, cada movimiento distraído de sus dedos apoyados en sus piernas, dando vueltas entorno a un tema ya agotado.

Los justificantes serpentean, se deslizan en círculos, argumentan lo superfluo, lo que a nadie interesa. Se duermen en argumentos carcomidos por el tiempo, merodean, sí, exactamente es eso lo que hacen merodean en torno a la vida, en torno a la gente, en torno al tiempo. Se los puede uno imaginar enroscándose como un gato para dormirse. Ellos alargan las conversaciones sin sustancia, te atrapan en los ascensores, en la cola del ambulatorio. -Verá usted, yo es que he venido a hacerme una analítica, porque me la ha mandado el doctor, y, claro, no he tenido más remedio que venir y...

Los justificantes odian las líneas rectas, las soluciones fáciles, odian el sí y el no. Ellos siempre dicen que bueno, que casi han acabado, que les ha costado mucho, que todavía les queda, que están por llegar, que han llegado pero podrían haber llegado antes si, que lo intentarán pero nunca se sabe, que no se puede saber si, que mañana tal vez, que no ha sido fácil...

Por un momento pensé en cortar la conversación con un "bueno, pues ya está, a finales de agosto hablamos". Sin embargo decidí finalmente quedarme allí viendo como se enroscaba en sí mismo aquel hombrecillo enclenque, sabedor del terror que embarga a los justificantes cuando alguien corta ese hilo invisible que une el mundo de los vivos con el limbo de ecos en el que ellos habita.

viernes, 26 de febrero de 2021

La grieta definitiva


Empiezas a morir  cuando no entiendes el amor de los otros, pensé mientras colgaba el teléfono. Prácticamente había dejado de oírle a media conversación. Me pasa muy a menudo. 

-Lo siento, pero me parece un frivolidad, eso es un circo, un capricho de chavales que quieren llevar la contraria a toda costa, dijo, es mi opinión y tienes que respetarla. 

Justo en ese momento desconecté. Es mi opinión y tienes que respetarla. Cuántas veces había oído decir esa frase para blindar cualquier majadería. Era lo de menos. Lo importante de todo aquello era que mi amigo, la voz del otro lado del teléfono, había empezado a morir. En aquel preciso momento una grieta imperceptible empezaba a abrirse en el mínimo espacio que nos une a todos con la vida. Él no se daría cuenta, claro, porque esa minúscula fisura no se hace abismo en un día ni en dos. Es tan lenta la evolución de esa distancia, que un día, sin darte cuenta, eres una isla de carne rodeada por un mundo que ya no existe. Lo había visto muchas veces. En los ojos, ahí es donde uno puede ver ese mar que nos rodea un buen día, nos aísla para siempre, haciendo de nosotros un náufrago que vive para siempre en un tiempo inamovible. Tal vez sea algo natural, pensé. Como un ensayo de la muerte, la grieta definitiva. Ni siquiera recordaba si le había cortado a media conversación. Uno empieza a morir cuando le molesta el amor de los demás, me repetí mientras abría la nevera buscando un poco de agua fresca. 


martes, 21 de julio de 2020

El viento entre las ramas



Hoy me han dicho que te has roto en llanto, que empiezas a ver la derrota, que tus manos ya no encuentran el perfil cierto de las horas, que te sientes tonta porque el mundo se desordena sin pedir permiso.

Y, aunque parezca raro, yo me alegro de que los dos estemos viendo cómo se agranda la misma grieta, de despedirnos juntos, de besar el desierto con los mismos labios.

Me gusta pensar en la sombra del pinar del barrio en verano, en la fragancia de los higos  junto al pozo, en las chumberas repletas, y en aquel perrillo enclenque corriendo entre los zarzales.

A veces vuelvo a buscar aquel viento entre los árboles, y encuentro el hueco que ha dejado aquella higuera vieja.

Cuando nos hayamos ido, ¿quién sabrá leer ese mapa de vacíos?, ¿quién sabrá localizar el sitio que ocuparon las bicicletas?, ¿y la caja de los hilos con que me remendaste el cuerpo una y otra vez hasta que me hice un hombre?

Si nos quedara tiempo, podríamos dejar señales para los perdidos en este paisaje que desenfoca: aquí recogimos piñas, allí nos reímos juntos, este hueco fue un abrazo… ¿te gustaría?

Seguirá el viento soplando entre los árboles, y en el ruido que hacen las ramas, alguien oirá la voz de una madre llamado a su hijo para que vuelva a casa.


miércoles, 20 de mayo de 2020

el perro

 
    



    Pero un hombre solo, sin trabajo (en definitiva, pobre en todos los sentidos), ¿cómo podría darle una buena vida a un perro?

   Y la señora cuelga el teléfono.

    Las palabras de la señora han quedado incrustadas como metralla en las paredes del comedor, han descalzado las puertas de sus marcos, han amputado las vigas y me han dejado a la intemperie. Un pobre no puede adoptar a un perro callejero, ¿qué sería de la vida del pobre animal?

   La señora debe tener razón, ¿qué podemos hacer los pobres solitarios por nada ni por nadie? El cariño no se come, ciertamente. Los pobres debemos permanecer en nuestra pobreza, hablando en un tono bajo, prácticamente inmóviles hasta que se rompa este encanto que nos deja minusválidos.

    La señora piensa en quién pagará los veterinarios si se cae por un barranco, la señora piensa en arneses de tela,  la señora piensa en grandes huesos de cartílago, la señora piensa en una cama mullida, la señora piensa en comida premium en bolsas de plástico brillante con la foto de un perro feliz, tan feliz como la vida que se merece ese perro que lleva meses viviendo en la calle. Porque los perros merecen ser felices, y la felicidad, todos estamos de acuerdo, es la foto en una bolsa de pienso de una marca excelente.

   La señora del teléfono debe querer mucho a los perros, por eso les busca una familia  joven y con hijos, eso es perfecto, porque esta señora y todas las señoras que cogen el teléfono para decirles a los pobres solitarios que son demasiado pobres y están demasiado solos para tener un perro, piensan que una familia con trabajo es el sitio perfecto para que un perro viva. Incluso diría que piensan que es el sitio perfecto en la tierra, el paraíso del que fuimos expulsados en algún momento los hombres pobres y solitarios.

   Tan pobre y tan solo quedé después de su llamada que cogí el teléfono y con voz dubitativa me he excusado con la señora y le he dicho que, bueno, que en realidad no soy tan pobre y, en fin, que no estoy tan solo como ese perro que lleva meses en la calle porque nadie lo quiere adoptar, como ese pequeño perro callejero con el que podría compartir soledad y pobreza, ya saben, esas cosas que guardamos los hombres solos y pobres como oro en paño.

   La señora del teléfono me ha dicho que, si es cierto que no soy tan pobre y que no estoy tan solo como ella pensaba, podrían dejar que adoptara a ese pequeño perro callejero cuyos dueños murieron hace ya demasiados meses, pero que debería aceptar que ella, la señora del teléfono que quiere tanto a los perros, durante un tiempo, controle mi vida para ver si es cierto que no estoy tan solo y que no soy tan pobre.

   Y la señora, de nuevo, ha colgado el teléfono.

   Y yo, de nuevo, me he quedado en silencio, pensando en cómo pasará esta noche ese perro, tan pobre y tan solo como yo.

domingo, 19 de abril de 2020

el susurro

   



    Aquella mañana me desperté con un augurio vago en la mirada. Había algo en el aire que me hizo estar atento. Abrí el ventanal que da a la terraza y caminé unos pasos, con cierto temor, como caminan los jainas, sin querer dañar aquel extraño equilibrio. Me detuve en el centro. Esperé. Se me hacía tan irreal lo cotidiano: el cielo tenía un azul inmóvil, los desconchones daban una armonía imprevista a las paredes blancas. Hasta el suelo de austera rasilla dispuesta en espiga parecía decir algo, pero qué.

    Poco a poco empecé a oír un susurro casi imperceptible. Permanecí quieto intentando identificar aquello. Era como una imperceptible vibración que venía de algún rincón o de todos. Cerré los ojos y por fin pude identificar: de las calas llegaba un murmullo blanco y naranja, de los geranios un rumor rosado, de los cactus una canción metálica, cada cosa estaba entonando su melodía, y del coro resultante se desprendía un susurro, que ahora se me presentaba como un canto general.

    Abrí los ojos después de un rato. No cesó aquella vibración sino que se hizo más evidente. No me parecía raro ser testigo de aquella sinfonía, lo extraño había sido no haberlo oído antes porque sin duda aquello no podía ser algo accidental, ese temblor era la vida. Y yo ya no podía dejar de oírlo, quería más. Como un milagro empezó a caer una llovizna que casi era una caricia. La lluvia siempre es un regalo, pensé, pero aquella era además un milagro.

    Sin dejar de sentir la frescura en mi cara, me acerqué a un tiesto que colgaba en la pared y clavé los dedos como quien busca un tesoro, escarbando. Luego me acerqué la mano a la cara y con los ojos cerrados de nuevo inspiré profundamente hasta que mis pulmones se llenaron de aquel olor a tierra cavada. Pude oír perfectamente: soy tu madre. Aquél era el acorde que daba sentido a todos los cantos, el que habría y cerraba: la madre, la comadrona y la sepulturera.

    Allí me quedé parado mientras la lluvia se iba haciendo más fuerte y yo iba despertando.

 

martes, 14 de abril de 2020

La isla

 


    Hay algo de intemperie en esta soledad. Es como si la lluvia hubiera erosionado esta desnudez en que me he convertido sin darme cuenta. Frente a este espejo de horas desproporcionas he podido descubrir, envuelto en una perplejidad casi infantil, toda una orografía nueva en mí: valles, lomas, llanos, que me recorren hasta donde me alcanza la vista. Lo curioso es que cada vez que me sorprendo absorto por la casa consigo ver en mí un rincón nuevo, algo que se llevó quién sabe qué tormenta. A ratos pienso que esa geografía siempre estuvo allí. Tal vez nunca había tenido el tiempo para quedarme un rato mirándome los surcos que el tiempo me había ido haciendo en la piel.

   Los primeros días el ruido no me dejaba ver (el ruido siempre ciega), pero en algún momento la primavera fue colándose por las grietas que la epidemia había hecho en mi casa, hasta que una mañana  aquella luz que había ido entrando gota a gota ya era océano, y yo un náufrago en una isla de carne y hueso. Y como un náufrago, después de haber esperado sentado en la playa alguna señal por algún tiempo, empecé una nueva vida, siempre provisional, claro, en aquella periferia.

   Todos tenemos tretas para engañar a la vida, eso lo tengo claro. De hecho creo que la mía a menudo se me presenta como una torpe artimaña para robar un poco del equilibrio perdido sólo Dios sabe cuándo. Y si algo he aprendido con los años es que el equilibrio solo te lo pueden devolver las cosas pequeñas, primarias, eternas, así que decidí dedicarme a cuidar las plantas de mi terraza. Me levantaba por la mañana y mientras me tomaba el primer café ya pensaba en hacer esto o aquello en tal maceta, o por qué a aquel geranio le costaba tanto brotar. Luego pasaba maceta por maceta quitando las malas hierbas, la mayoría tréboles, una a una: me agachaba,  cogía el pequeño brote con el dedo índice y el pulgar, tiraba de él con cuidado de no cortarlo para sacar la parte más profunda, para que no volviera a salir al cabo de unos días,  y luego dejaba el pequeño cadáver en la palma de mi mano izquierda. Todo era en vano, claro, la hierba siempre vuelve. Nada importaba eso, lo importante de verdad era ser metódico, convertirlo en un lento ritual diario.

    Arrancado aquellos pequeños tréboles recordaba que cuando era un niño, en el pueblo las vecinas me decían que tenía mano para las plantas, cosa que se me antojaba algo mágico, una especie de baraka. A mi madre le encantaba que le ayudara con las plantas del patio: salíamos al bosque a por tierra, trasplantábamos, podábamos. De ella aprendí esa mística de las plantas, y en aquellos días me venía una y otra vez su imagen mirando por la ventana un día de granizo atroz. Su cara triste viendo cómo tanto trabajo desaparecía en unos minutos, susurrando apenas unas palabras: mis plantas, qué pena. Después seguía con sus cosas y al cabo de unos días, cuando podía evaluarse verdaderamente el daño, cogía unas tijeras y podaba aquel destrozo severamente, luego solo se podía esperar a que la naturaleza hiciera su trabajo. Ella nunca se rendía, nada hizo que abandonara aquella frágil creación que periódicamente vivía su pequeño Apocalipsis.

    De ella aprendí a tener siempre cerca unas tijeras preparadas para mis apocalipsis personales, y las mujeres de mi casa, todas supongo, habían vivido los suyos: mi madre vivió el granizo del hambre en la posguerra, mi abuela el granizo de la guerra, y ahora yo miraba por la ventana aquella lluvia de hielo caer sin clemencia sobre nuestras vidas. Yo no alcanzaba más que a susurrar, qué pena, y a preguntarme qué sería lo que tocaría podar aquella vez con aquellas tijeras, las mismas que recibí en herencia de las mujeres de mi casa. Y, aunque parezca tonto, que yo no tendría a nadie a quién legar aquel precioso regalo.