miércoles, 20 de mayo de 2020

el perro

 
    



    Pero un hombre solo, sin trabajo (en definitiva, pobre en todos los sentidos), ¿cómo podría darle una buena vida a un perro?

   Y la señora cuelga el teléfono.

    Las palabras de la señora han quedado incrustadas como metralla en las paredes del comedor, han descalzado las puertas de sus marcos, han amputado las vigas y me han dejado a la intemperie. Un pobre no puede adoptar a un perro callejero, ¿qué sería de la vida del pobre animal?

   La señora debe tener razón, ¿qué podemos hacer los pobres solitarios por nada ni por nadie? El cariño no se come, ciertamente. Los pobres debemos permanecer en nuestra pobreza, hablando en un tono bajo, prácticamente inmóviles hasta que se rompa este encanto que nos deja minusválidos.

    La señora piensa en quién pagará los veterinarios si se cae por un barranco, la señora piensa en arneses de tela,  la señora piensa en grandes huesos de cartílago, la señora piensa en una cama mullida, la señora piensa en comida premium en bolsas de plástico brillante con la foto de un perro feliz, tan feliz como la vida que se merece ese perro que lleva meses viviendo en la calle. Porque los perros merecen ser felices, y la felicidad, todos estamos de acuerdo, es la foto en una bolsa de pienso de una marca excelente.

   La señora del teléfono debe querer mucho a los perros, por eso les busca una familia  joven y con hijos, eso es perfecto, porque esta señora y todas las señoras que cogen el teléfono para decirles a los pobres solitarios que son demasiado pobres y están demasiado solos para tener un perro, piensan que una familia con trabajo es el sitio perfecto para que un perro viva. Incluso diría que piensan que es el sitio perfecto en la tierra, el paraíso del que fuimos expulsados en algún momento los hombres pobres y solitarios.

   Tan pobre y tan solo quedé después de su llamada que cogí el teléfono y con voz dubitativa me he excusado con la señora y le he dicho que, bueno, que en realidad no soy tan pobre y, en fin, que no estoy tan solo como ese perro que lleva meses en la calle porque nadie lo quiere adoptar, como ese pequeño perro callejero con el que podría compartir soledad y pobreza, ya saben, esas cosas que guardamos los hombres solos y pobres como oro en paño.

   La señora del teléfono me ha dicho que, si es cierto que no soy tan pobre y que no estoy tan solo como ella pensaba, podrían dejar que adoptara a ese pequeño perro callejero cuyos dueños murieron hace ya demasiados meses, pero que debería aceptar que ella, la señora del teléfono que quiere tanto a los perros, durante un tiempo, controle mi vida para ver si es cierto que no estoy tan solo y que no soy tan pobre.

   Y la señora, de nuevo, ha colgado el teléfono.

   Y yo, de nuevo, me he quedado en silencio, pensando en cómo pasará esta noche ese perro, tan pobre y tan solo como yo.

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