Y, aunque parezca raro, yo me alegro de que los dos estemos
viendo cómo se agranda la misma grieta, de despedirnos juntos, de besar el desierto con los mismos labios.
Me gusta pensar en la sombra del pinar del barrio en verano,
en la fragancia de los higos junto al
pozo, en las chumberas repletas, y en aquel perrillo enclenque corriendo entre
los zarzales.
A veces vuelvo a buscar aquel viento entre los árboles, y
encuentro el hueco que ha dejado aquella higuera vieja.
Cuando nos hayamos ido, ¿quién sabrá leer ese mapa de
vacíos?, ¿quién sabrá localizar el sitio que ocuparon las bicicletas?, ¿y la
caja de los hilos con que me remendaste el cuerpo una y otra vez hasta que me
hice un hombre?
Si nos quedara tiempo, podríamos dejar señales para los
perdidos en este paisaje que desenfoca: aquí recogimos piñas, allí nos reímos
juntos, este hueco fue un abrazo… ¿te gustaría?
Seguirá el viento soplando entre los árboles, y en el ruido que
hacen las ramas, alguien oirá la voz de una madre llamado a su hijo para que
vuelva a casa.

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