A veces pienso que morí aquella madrugada desmayado sobre mis vómitos en el lavabo de aquella sauna gay. Eso lo explicaría todo. Me refiero a lo irreal que es todo aquí, en este pueblo. Dicen que los muertos que no son conscientes de su fatídico desenlace permanecen en este mundo por un tiempo hasta que se dan cuenta de que ya no son, y en ese momento se disuelven como el humo en un día de viento. Por eso debo estar aquí, en mi casa del pueblo. Si lo piensas bien, qué lugar mejor para morar para un espíritu perdido que allí donde fue feliz. Uno se apega a los sitios donde encuentra la paz.
Lo mejor de este limbo ha sido recuperar el atardecer. Lo saboreo segundo a segundo. Me siento en el aparcamiento de supermercado que está al otro lado de la calle, quieto como un alcornoque viejo y contemplo. A veces cojo el teléfono y hago una foto. Luego la miro y pienso que no tiene sentido hacer fotos del ocaso, porque es como intentar trocear un río o la brisa. No tiene sentido. Cada segundo cambian los tonos, naranjas, rojizos, el azul del cielo que se va oscureciendo. Ninguno de esos matices son el crepúsculo, porque el crepúsculo es ese gesto que hace el día sobre el horizonte. Prácticamente una caricia. Hay momentos en los cuales tengo miedo de que se acabe. No porque llegue la noche, sino porque no sé si volveré a verlo.
Lo cierto es que este alcornoque viejo decidió dejar sus raíces al viento hace demasiado tiempo, y no es menos cierto que algo se me anuda en la garganta cuando pienso que pronto no quedará nada. Y este es un intento desesperado, terriblemente desesperado, por salvar algo de lo que fui. Qué ridículo ¿no? Como si eso fuera posible, como si fuera posible salvar aquello que destruí tan concienzudamente.
Recuerdo el día que me mudé. Era verano. Aquí el verano es maravilloso. Los veranos son siempre definitivos. Vine con cuatro cosas: la primera cama que compraron mis padres recién casados, un sofá viejo que alguien me consiguió, y un par de cajoneras. El resto ya estaba aquí, cosas que habían ido dejando los antiguos inquilinos. El último había sido un repartidor alcohólico de pescado y su mujer, el anterior, un viejo marica y su demasiado joven amante que le mataba a palos cada dos por tres. Ambos se habían ido debiéndome meses de alquiler. Qué más da. El caso es que después de descargar los bultos cogí una silla y me senté en la terraza mientras oscurecía. Reparé en que no había salamandras corriendo por las paredes. Me encantan las salamandras. Estaba aterrorizado. Y solo. Más solo de lo que había estado nunca, y ni siquiera las salamandras salían a hacerme compañía. Se ponía el sol y aquella terraza se me antojaba una extensión de mí mismo. Casi no quedaban plantas: una parra, un rosal, un cactus enorme, poco más. Las paredes blancas desconchadas, el suelo de austera rasilla agrietada, y al fondo, una pequeña baranda negra corroída por el óxido, derrotada por el agua. Así estaba yo, derrotado y asustado.
Llegó la noche y salieron las estrellas. El cielo en verano. ¿Cómo pude renunciar a todo esto? ¿Cuándo dejé de ver las estrellas?
Así estaba yo, ni más ni menos,
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